2002
Editorial Planeta, S.A.
ISBN: 84–08-04352–8
Capítulo 1
Elliot Steil tomó asiento en un banco sin respaldo del sombreado parque, apoyó el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha, se quitó un mocasín muy gastado y comenzó a darse masajes en el pie. Un par de minutos después otorgó igual tratamiento al derecho. Por último, colocó los talones sobre el cemento, aferró con ambas manos el borde del asiento de mármol y movió los dedos de ambos pies.
«Tremenda jornadita», pensó Steil. El desayuno había consistido en cuarenta gramos de pan blanco desatascados con un vaso de agua fría, pues sus reservas de café y azúcar se habían agotado simultáneamente un par de días antes. Minutos más tarde había descubierto que la rueda trasera de su bicicleta estaba pinchada. El ómnibus que había logrado abordar había llegado a la parada una hora y quince minutos después del precedente, por lo que había marcado en el Instituto Politécnico donde impartía clases de inglés con dos horas y dos minutos de retraso.
El almuerzo había consistido en una magra ración de arroz con frijoles medio crudos y unas rodajas de tomates pasados de madurez. Tras abandonar el edificio a las cinco de la tarde había considerado si volvía a pie o dedicaba otra hora y pico de su tiempo libre al casi inexistente sistema de transporte público de La Habana. El apagón programado de ocho a doce de la noche, y las tareas domésticas que debía llevar a cabo antes hicieron que optara por cubrir a pie los ocho kilómetros.
Viajar en bicicleta y ómnibus motivaba que Steil olvidase con frecuencia sus metatarsos atávicos, herencia genética de
algún antepasado desconocido. Las correcciones ortopédicas hechas a los zapatos que adquiría en las tiendas no surtían efecto después de cuarenta o cincuenta minutos de marcha.
El hombre suspiró y levantó la vista del sendero. Dos adolescentes que se aproximaban interrumpieron su intercambio de muletillas para observar al cansado caminante; luego se miraron sonrientes. El larguirucho muchacho rubio de mugrientos zapatos deportivos altos y pantalones inmensos, que acunaba una pelota de baloncesto bajo el brazo izquierdo, súbitamente alzó la cabeza y se cerró sus fosas nasales con dos dedos.
—Oe, asere, hay que andar siempre con la caéta antigá —dijo el altísimo mulato claro que marchaba junto al rubio, justo al pasar ante Steil.
Los muchachos se inclinaron para acometer mejor la serie de hipos y quejidos que tipificaban la risa de moda. A los seis o siete pasos, su hilaridad menguó algo y chocaron dos veces las palmas de sus manos —la primera a la altura del hombro y la segunda a la del muslo— antes de reanudar la conversación que sostenían.
A Steil no le ofendió la broma; de hecho, sonrió divertido: estaba seguro de que sus pies no apestaban. Después de veinte años de impartir clases a adolescentes, ya se había habituado a esas cosas. Lo que le preocupaba era la regresión en el español que hablaba la mayoría. ¿Cómo podían aprender un segundo idioma con un mínimo de idoneidad si hablaban mal y escribían peor la lengua materna? En cada curso disminuía la cifra de alumnos que hablaban el español correctamente, y casi siempre el buen ejemplo lo daban las chicas. Los muchachos capaces de comunicarse y redactar bien no lo hacían para escapar de la inmisericorde burla a que los sometían los demás varones.
El larguirucho muchacho rubio comenzó a botar la pelota hábilmente con la zurda y mantuvo la conversación con su amigo mientras se alejaban. Steil se calzó y reanudó el largo trayecto.
Justo después de doblar la esquina de su calle una hora más tarde, el maestro fue descubierto y rodeado por un grupo de chiquillos que excitadamente parloteaban acerca de un lujoso auto nuevo y de un turista. Conocedor de que el dolor y el cansancio le hacían perder los estribos, Steil trató paciente
mente de evadir la pequeña turba. Los niños no se arredraron y continuaron impidiéndole el paso. Saltaban y gritaban que el americano les había regalado unos chicles. El adulto se detuvo, ordenó silencio de un modo estentóreo y los fulminó con la mirada.
—A ver, Lemar, ¿qué pasa?
—Un americano te busca. Vino en aquel carro —dijo un chiquillo de nueve años apuntando al frente con su brazo derecho—. Nos dio chicle.
Por un instante, la sorpresa impidió que Steil reaccionara y mantuvo la vista en el indisputado líder del grupo.
—Está bien. Muchas gracias. Sigan con lo suyo.
Steil giró y escudriñó el Toyota Corolla color gris perla estacionado junto a la acera, justo enfrente de su edificio de apartamentos; por la matrícula supo que se trataba de un turismo alquilado. Tras el volante se apreciaba una sombra difusa. Con paso cansado, el maestro se aproximó al asiento del conductor, colocó la mano izquierda en el techo del coche y se inclinó un poco. Un hombre sesentón levantó la vista. Por un momento pareció como si la sorpresa le hubiese hecho elevar las espesas cejas y separar los labios.
—¿Busca a alguien? —preguntó Steil en inglés.
— ¡Gracias a Dios! —dijo el conductor—. Aquí parece que nadie habla inglés; sólo conocen la palabra dame. Sí, busco a Elliot Steil.
—Ése soy yo.



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